Mauricio, el edén del índico.

Mauricio, el edén del índico.

A 900 kilómetros de Madagascar, Mauricio emerge de las aguas del Indico como parte del archipiélago de las Marcareñas, bautizado así por el navegante portugués Pedro de Mascarenhas, cuya flota arribó aquí a principios del siglo XVI abriendo la carrera por la colonización de la isla, hogar del Dodo.

Texto y fotografías: Miguel Galmés

Mucho antes que los portugueses, Mauricio ya era conocida por los marinos malayos y árabes que se aventuraron por estas latitudes desde el siglo X y a la que los últimos bautizaron como isla Dina Arobi aunque no hubo nunca una colonización. Por aquel entonces la isla era un edén para la vida salvaje y único hogar de una extraña y desconocida ave no voladora, de pico largo y con punta en forma de garfio y de aspecto gordo y torpe, que había perdido la capacidad de volar para adaptarse a una vida terrestre donde no conocía depredador, y al que se le conocería como Dodo.

Aunque Vasco de Gama fue el primer portugués que nombró la isla durante su viaje alrededor del Cabo de Buena Esperanza, no fue hasta 1505 cuando los portugueses comenzaron a frecuentarla, bautizándola como Cirne y utilizándola como puerto de paso, lo que permitió que el torpe e inocente Dodo siguiera campando a sus anchas por la isla durante casi un siglo hasta la llegada de los holandeses, que la usaron como base de sus rutas hacia Java, y posteriormente los franceses. Cada uno dio nuevo nombre a la isla , los holandeses la bautizaron con el nombre de Mauricio, en honor al príncipe y estatúter de Los Países Bajos Mauricio de Nassau, y el de Ile de France por parte de los franceses. Estas colonizaciones conllevaron la introducción de nuevas especies animales, la deforestación de grandes extensiones de bosque y la caza que supusieron el exterminio del Dodo en menos de 100 años. Tras la caída de Napoleón los ingleses fueron los nuevos dueños de la isla, a la que devolvieron el nombre con el que los holandeses la habían bautizado, que es el utilizado en la actualidad, y en 1834 abolieron la esclavitud.

La primera imagen que tendrá el visitante será desde la ventanilla del avión el turquesa de sus aguas y el verdor selvático salpicado de pequeños pueblos y ciudades, la más grande y poblada Port Louis, su capital, fundada en 1735 en la costa noroeste durante el dominio francés, por lo que es posible encontrar en ella numerosos lugares históricos y culturales. Un buen lugar para comenzar nuestro recorrido por Port Louis es el genuino Mercado Central, epicentro de la economía de esta cosmopolita ciudad, donde podremos sentirnos cerca de la gente local mientras deambulamos por sus pasillos entre los olores indescriptibles de las especias y la gran variedad de productos que ofrece, el mejor lugar para comprar artesanía, especias o souvenirs, además de acercarnos a sus alimentos tradicionales, como «biryanis» y «dhull puris«, y a su cocina, una de las más ricas y variadas del mundo por su mezcla de las comidas criolla, india, africana, asiática y europea.

Muy cerca se encuentra el casco histórico con un rica colección de casas coloniales y vestigios de la influencia europea, entre la que no podían faltar los monumentos en honor a la reina Victoria del Reino Unido, de quién Mauricio obtuvo la independencia en 1968, y que dejó tradiciones deportivas como las carreras de caballos, que se celebran los fines de semana en el hipódromo «Champ de Mars«, el más antiguo del hemisferio sur.

Frente al puerto, el animado paseo marítimo ofrece numerosos restaurantes donde reponer fuerzas y si el calor aprieta, el Caudan Waterfront hará las delicias de los amantes de los centros comerciales donde se podrá disfrutar de tiendas de marca a precios más bajos que en europa. En el otro extremo del paseo encontramos uno de los dos sitios UNESCO que tiene Mauricio. Se trata del Aapravasi Ghat, los restos de un edificio de inmigración que los ingleses construyeron para implantar por primera vez lo que denominaron «el gran experimento», que consistía en la utilización de trabajadores libres contratados en lugar de esclavos desde 1834 hasta 1920 para trabajar en las plantaciones de caña azucarera de Mauricio o ser transferidos a la vecina isla Reunión, Australia, África o el Caribe, en lo que se convirtió en un sistema económico global causante de uno de los mayores movimientos migratorios de la historia de la humanidad. A su lado, el Centro de Interpretación Beekrumsing Ramlallah (BRIC) está dedicado a los trabajadores indios que desembarcaron por primera vez aquí, mostrando objetos recuperados de la época y una réplica de un barco en el que viajaban acinados durante seis semanas hasta llegar a Mauricio.

La primera oleada migratoria que recibió la isla fue la de miles de inmigrantes chinos en el siglo XVIII que encontraron empleo como herreros, carpinteros, zapateros y sastres, formando un pequeño barrio chino, el ‘Camp des Chinois’. Hoy la comunidad china ocupa una posición importante en la vida de Port Louis y una visita a Chinatown sumergirá al viajero en la rica vida comercial y cultural china asistiendo a los varios festivales que se celebran anualmente. Gracias a la rica mezcla de culturas y tradiciones que se da en la isla, el viajero puede disfrutar de muchas fiestas y festivales de distintas culturas así como de edificios religiosos repartidos en todo su territorio y especialmente en la capital, donde sus calles alojan iglesias católicas, mezquitas y templos budistas e hindús a pocos metros unos de otros que conviven en una admirable armonía.

Mauritius

Mauricio tiene una fuerte infraestructura de transporte público aunque alquilando un coche se tendrá la libertad necesaria para descubrir todos sus rincones gracias a su red de carreteras, la mayor parte de ellas asfaltadas, que recorre todo su territorio. La ciudad de Port Louis se une en un corredor con otras ciudades hasta Curepipe, el lugar más frío de la isla en la meseta central, donde uno puede recorrer la Ruta del Té, un viaje aromático visitando tres plantaciones coloniales de té. La primera parada es la mansión criolla convertida en museo en el Domaine des Aubineaux, cerca de la ciudad. Luego, la ruta vira hacia el sur hasta la gran plantación de té Bois Chéri. La última parada es la majestuosa St Aubin, con sus exuberantes jardines y su destilería de ron. En Curepipe también se encuentra el cráter del volcán más famoso de Mauricio, Trou aux Cerfs, devorado por la vegetación y un buen mirador dada su elevada situación con unas vistas espectaculares de parte de la costa y de las curiosas formaciones montañosas cuyas estribaciones están cubiertas de bosques antiguos de ébano.

Para ver todas las imágenes, echa un vistazo a la galería de fotos completa «Mauricio«

Asomando sobre las extensiones boscosas del sur de Curepipe se alza la estatua gigante de Shiva, que con sus 33 metros de altura nos marca uno de los lugares más sagrados de Mauricio para la población hindú. Tras él se encuentra el lago Ganga Talao, venerado por los hinduistas por la creencia de que sus aguas conectan con las del río Ganges en la India. Leyendas a parte, el lugar es un remanso de paz lleno de color en el que el viajero encontrará templos frecuentados por monos y varias estatuas de dioses hindús.

ARRIBA: Figura del dios Shiva en el lago Ganga Talao.

Muy cerca, uno se puede adentrar en la frondosa selva a través de la carretera que lleva al Parque Nacional de las Gargantas del Río Negro (Black River Gorges) donde los centros de visitantes informarán del estado de los numerosos senderos que atraviesan el parque entre los bosques más antiguos de la isla con más de 300 endemismos vegetales. Con un poco de suerte se podrá ver alguna de las nueve especies autóctonas de aves como los cernícalos de Mauricio, palomas rosadas y periquitos de eco entre otros.

Si se opta por visitar el norte desde Port Louis, el jardín botánico Sir Seewoosagur Ramgoolam es una de las atracciones turísticas más populares de Mauricio, considerado uno de los mejores jardines botánicos del mundo. Situado a 11 km de la capital en lo que fue el jardín de una mansión colonial, debe su nombre al padre de la independencia de Mauricio, Sir Seewoosagur Ramgoolam, quién fue incinerado tras su muerte en una pira que aún se conserva en el recinto. El jardín alberga gran cantidad de especies y variedades de nenúfares y lotos, bosques de bambús, varias especies de palmeras entre la que se encuentra la Talipot que muere poco después de florecer cuando alcanza 40 años de edad, un boab así como especies exóticas importadas y endémicas de Mauricio, tortugas gigantes, aves y un grupo de ciervos en cautividad.

Continuando hacia el norte encontramos Grand Bay, el punto de partida de los viajes náuticos a las islas del norte y otras actividades marítimas, además de ser el principal destino turístico de Mauricio por sus playas, sus pequeñas boutiques, la variedad de restaurantes y su vida nocturna. Más tranquila es Cap Malheureux, la población más septentrional de la isla, muy visitada por la pequeña capilla Notre Dame Auxiliatrice, comúnmente conocida como la Capilla del Techo Rojo, en un entorno relajante frente al mar y con visas al islote Gunner’s Quoin, en cuyos agujeros en los acantilados anidan gran cantidad aves marinas.

ARRIBA: Islote Gunner’s Quoin | © Miguel Galmés
ARRIBA: capilla Notre Dame Auxiliatrice | © Miguel Galmés
ARRIBA: Actuación de Sega | © Miguel Galmés

El interior está marcado por los campos de cultivo y las extensas plantaciones de caña de azúcar, introducida por Los holandeses desde Java. Numerosas plantaciones fueron testigo del duro trato al que fueron sometidos los esclavos venidos de Madagascar y otros países de África, que desarrollaron un lenguaje que a día de hoy aún es usado por un amplio grupo de la población y el baile tradicional «Sega» que muchos grupos folclóricos dan a conocer a los turistas en sus visitas a las plantaciones o en las veladas nocturnas en los hoteles. Con la abolición de la esclavitud, la mano de obra barata cayó en los hindús que fueron contratados desde India para trabajar por una miseria en las plantaciones azucareras. En 1909, al final de la inmigración india, eran 450.000. Hoy sus descendientes representan dos tercios de la población de Mauricio y la caña de azúcar constituye el 90 % de los cultivos de Mauricio.

Nuestra ruta nos lleva a la costa este, a la pequeña ciudad de Flacq para visitar uno de los mercados al aire libre más grandes del país, que tiene lugar los miércoles y domingos, con puestos de pescado fresco, artesanía y ropa. La carretera de la costa sigue por las grandes extensiones de arena blanca de Belle Marie pasando junto a resorts de lujo hasta llegar a Trou d’Eau Douce donde se puede coger un ferry hacia una de las visitas imprescindibles de Mauricio: Ile aux Cerfs.

La Isla de los Ciervos, en la que ya no queda ninguno de los ciervos de Java que trajeron los holandeses, es una pequeña isla de playas idílicas y aguas cristalinas protegida por una línea de arrecifes a la que bien merece dedicar un día entero para practicar actividades acuáticas como snorkel, sky acuático o porqué no hacer parasailing y disfrutar de unas vistas espectaculares de toda la laguna turquesa. A pesar de los hoteles de lujo y los campos de golf ocultos tras las masas de pinos comunes en esta parte de Mauricio, la isla de los Ciervos ha conseguido mantener su aspecto vírgen.

Mahebourg ejerce de cruce de caminos entre el oeste, el este y el sur. Esta ciudad, la más grande de la costa oriental, es un importante puerto pesquero que se levanta a lo largo de la costa de la inmensa bahía de Grand Port donde en 1598 desembarcaron los holandeses, después de que una tormenta les llevara a esta isla deshabitada, y que más tarde sería testigo de la única victoria napoleónica naval sobre los ingleses en 1810, tan importante que figura en el Arco del Triunfo de París. Bajo la dominación francesa Mahebourg fue importante centro de la vida económica sobre todo por su mercado de esclavos. Hoy aún conserva algunos vestigios de su pasado como las baterías de defensa que mantuvieron a raya a la flota inglesa.

Dirección sur la carretera nos adentra en un paisaje totalmente diferente. Atrás quedan las bonitas playas de aguas turquesas y tranquilas para dar lugar a una costa salvaje, castigada por el viento y azotada por el fuerte oleaje que choca contra los acantilados de negra roca volvánica. Los días de marea alta es posible observar el «Le Souffleur«, un géiser que alcanza 30 metros de altura provocado por la fuerza del oleaje y el viento. Otro fenómeno curioso es el de La roca llorosa, un saliente rocoso al lado de la playa de Gris-Gris que parece derramar lágrimas cuando lo golpean las olas. La playa de Gris-Gris se presenta como un paraíso de arena dorada en este paisaje negro volcánico donde los más atrevidos se lanzarán con sus tablas de surf en busca de las desafiantes olas mientras otros pueden optar por degustar una variedad de mariscos frescos, cocinados al estilo mauriciano y a precios muy razonables en los restaurantes de los acantilados.

La carretera de Baie du Cap nos lleva hacia el sur oeste a través de pueblos y campos de caña de azúcar, la mayoría de las veces en la costa, por uno de los mejores itinerarios escénicos del mundo por sus impresionantes vistas al mar y a las playas públicas donde se dan cita pescadores locales, vendedores de cocos y lugareños. Desde la curva cerrada de Macondé los turistas toman fotos de la hermosa costa y de la inconfundible forma del emblemático Le Morne Brabant, ya visible desde este punto.

Situada al sudoeste de Mauricio, la impresionante montaña Le Morne Brabant se eleva 556 metros sobre la hermosa península del mismo nombre que se adentra en una laguna transparente. La montaña es el único lugar de la isla donde se encuentra la flor nacional de Mauricio, el «boucle d’oreille«, y Le Morne es la estrella de muchas postales turísticas. Además es todo un símbolo cultural de la isla debido a la leyenda de un grupo de esclavos que huyó hasta aquí escondiéndose en la cima de la montaña para permanecer libres. La historia cuenta que los esclavos, que no sabían que la esclavitud había sido abolida, entraron en pánico cuando vieron a una tropa de soldados que subían por los acantilados y, creyendo que iban a ser capturados, los esclavos se arrojaron al vacío. Aunque no hay registros que confirmen la leyenda, fue fundamental para que Le Morne obtuviera el estatus de Patrimonio Mundial de la Unesco en 2008.

ARRIBA: Le Morne Brabant | © Miguel Galmés

La península de Le Morne apenas tiene población local, pero sí cuenta con algunas de las mejores playas y algunos de los más bellos y lujosos hoteles y campos de golf de la isla. La parte sur de la península es el lugar idóneo para probar el kitesurf, el windsurf y el surf gracias a los fuertes y constantes vientos alisios del sudeste, así como para admirar, desde el aire o bajo el agua, la hermosa cascada submarina, una ilusión óptica resultado del movimiento de sedimentos de arena y la erosión bajo la influencia de las poderosas corrientes submarinas. La vista desde un helicóptero es absolutamente impresionante.

Desde aquí es fácil hacer una excursión de medio día para visitar otra de las curiosidades de Mauricio: la «tierra de los siete colores«, en Chamarel, una colina formada por capas de tierra de diferentes tonalidades, muy próximo al balcón natural desde el que se puede observar la cascada de Chamarel, un salto de agua de 95 metros que se hunde en un cañón rodeado de exuberante vegetación.

ARRIBA: Cascada Chamarel | © Miguel Galmés
ARRIBA: La tierra de los siete colores | © Miguel Galmés

En la franja de costa que va desde Le Morne hasta Flic en Flac se encuentra una de las mejore zonas para la inmersión del Océano índico debido a las formas de su relieve submarino. El mejor lugar sin duda son las pareces y los descensos de la laguna turquesa y la Catedral, arrecifes y enormes rocas han creado este memorable paisaje submarino único con arcos y cuevas, protegiendo langostas y peces de arrecife en unas aguas que van desde los 21ºC a 25ºC en invierno y de 26ºC a 30ºC en verano.

Flic en Flac es otro destino turístico en Mauricio donde abundan los apartamentos, restaurantes y todo lo que una población turística conlleva, aunque no tan masificada como Grand Bay. Las playas son buenas y kilométricas, bordeadas de árboles y con aguas turquesa donde los locales se reúnen los fines de semana para hacer picnics. La ciudad es base para excursiones que ofrecen la experiencia de nadar junto a ballenas y delfines en aguas abiertas, una experiencia algo estresante para los animales ya que las lanchas hacen todo lo posible para acercarse a estos cetáceos. Una opción menos intrusiva es la de una excursión a Ile aux Bénitiers en catamarán o utilizando barcas de pescadores locales, una isla completamente plana y llena de árboles con aguas cristalinas donde es seguro nadar y bucear, muy cercana a Le Morne, que incluye una barbacoa en la playa y una visita a la cercana e icónica Crystal Rock, una roca en medio de la laguna turquesa, para, de vuelta a Flic en Flac, terminar la tarde relajados viendo los contrastes de colores del atardecer en la playa, acompañados de una población hospitalaria y abierta que, como el carácter del afable y extinto Dodo, nos hará sentir como en casa en este pequeño edén del Índico.

Mauricio, 2007.
Más fotos en Flickr y en la galería.

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